-No escuchen eso, muchachos, que se van a perder –el capitán alertaba a los soldados que acudían al borde de los barracones por donde penetraba el sonido hiriente de una trompeta.
– Ya todo está jodido –sentenció a continuación cuando sabía que no podría contener a la tropa.
De las casas, de los conventos, de los tugurios en donde se juega y se bebe, de las escuelas, de la misma calle brotaba gente atraída por el lamento de la trompeta.
El encantador arrastraba una figura difusa, de edad imposible, lánguida como una flor ajada y atractiva como el dulzor espeso de la fruta madura.
Avanzaba por la Avenida alertando a la ciudad de la caída de la tarde. Nadie podía sustraerse a su llamada. La cábala claudicó también al conjuro del silbido de fierro.
El Comandante quiso gritar la última consigna, pero todos sabían que eran los estertores de la agonía de la Revolución.

CIRANO

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